Llegas con él. Os saludo a los dos.

A ti con dos besos en las mejillas. (esas por las que siempre envidié al resto de la gente, hace como un millón de años, y que ahora puedo besar como todos los demás. ¿Te besará él también en las mejillas?)

A él con un apretón de mano. Cada vez se me hace menos raro. Eso se me hace muy raro.

Una leve conversación contigo sobre cómo nos va la vida. Tú muy ocupada, yo también.

Con él no hablo. Él no tiene mucho que decirme y yo muy poco que escucharle.

Nos separamos entre la multitud. Pasado un rato os despedís, tenéis un compromiso. (ya no puedo mantener el singular al hablar de vosotros y hablaros en plural, en noches como hoy, duele. Y más me duele reconocerlo.)

Sigo disfrutando de la compañía de amigos y amigas. Y pasaré una noche fantástica con otros amigos, y un gran fin de semana.

Pero pasados unos días me daré cuenta de que sí me ha afectado veros.

Por supuesto no como antes, no como el golpe de la roca que te revienta las costillas. Más bien como el viento sibilino y frío que se cuela por tu oreja y te inflama el oído aprovechando que tienes las defensas bajas. Y duele.

Y más me duele reconocerlo.

 

Imagen extraída de: http://www.leopaciaroni.com/romper-las-cadenas-con-la-intencion/

 

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