Es curioso ver que aquellos animales que viven más pausadamente, con más calma (y menos colmillo) son los que más viven. Es lo que podría conocerse como el “secreto de las tortugas”.

Tengo una amiga que lo conoce muy bien, el universo le ha otorgado el don de la paciencia: va en silla de ruedas porque muy a su pensar tiene parálisis motora de nacimiento. Por suerte en nuestra época existen las sillas motorizadas y eso le da una maravillosa libertad que ejerce con honor, nobleza y conocimiento de causa (no como otros…). Aún así su vida va a otra velocidad: tarda más en comer, en bajar una escalera, en escribir un Whatsapp (lo hace con la nariz, algo digno de elogio), en subir y bajar del autobús… (el cual coge sola gracias a que también existen las rampas motorizadas).

Desgraciadamente no todas las personas tienen la suerte de mi amiga. Ella misma me contaba esta mañana como una discapacitada ética (pobrecitos, incapaces de sentir empatía…) se quejaba y cito textualmente “que los discapacitados deberían de viajar en autobuses solo para ellos, porque retrasan la salida del autobús y hay gente que tiene que llegar puntual al trabajo…”. Lo irónico es que si su profecía se cumpliese ella también tendría que ir en un autobús a parte, porque es una minusvalía mucho más grave ser incapaz de usar el corazón que las manos o las piernas.

Debo disculparme (solo un poco) con la “visionaria” mujer de la anécdota porque su actitud no es algo exclusivamente atribuible a ella, ella solo “tiene que llegar puntual al trabajo”. Es fascinante como la obsesión por la puntualidad (no solo de ella, sino de su empresa y tantas otras) pasa por delante del respeto al prójimo y lleva a una persona a soltar un comentario tan afilado…

Tristemente, este filo nos está cortando a todos y desgarra el tejido de nuestra sociedad. Nuestra paz, nuestra [c]alma se desangra en silencio y nos quedamos vacíos y grises. Vivimos en una sociedad obsesionada por la eficiencia (económica), la productividad y el rendimiento, con prisa pero sin pauta, y eso nos sumerge en la deficiencia (emocional), el despilfarro humano y la rendición ante la vorágine.

No quiero decir que la eficiencia, la productividad y el rendimiento no sean importantes. Pero tal vez deberíamos revisar el orden de los peldaños de nuestra escala de valores para ver adónde conduce ésta una vez que la subamos…

Para eso hace falta una pausa para la reflexión. Seguramente no demasiado larga. Puede bastar con algo pequeño… como el tiempo que tarda en subir al autobús una chica sonriente en silla de ruedas .

 

 

Imagen extraída de: http://www.republica.com/2016/03/09/un-sistema-inteligente-evita-los-excesos-de-velocidad-en-la-carretera/

 

 

 

Anuncios