Se acabó el final. Adiós a la despedida, bienvenido el comienzo.

La manía humana de etiquetar, dividir y clasificarlo todo hace que incluso fragmentemos nuestra continua existencia en partes a las que les damos nombres: segundo, minuto, hora, día, semana, mes, año… En nuestro caso (al menos un@s cuant@s en este planeta) hemos ajustado estas divisiones a los ciclos del sol – rotación y translación – lo cual refleja lo importante que es el astro rey (bendiciones y buenos días): el sol marca el tiempo, el sol da la vida, el tiempo es la vida.

El tiempo, curioso invento… Nos da la posibilidad de dejar las cosas atrás, la libertad de volver a empezar: cada día es “nuevo”, cada semana, cada mes, cada año son “nuevos”. Acabar un día arduo es importante. Alcanzar el fin de semana, llegar a fin de mes, cambiar de estación… Pero el fin de año es el rey. Después de dar una vuelta completa al sol (con sus 4 estaciones, sus 12 meses, sus 52 semanas,sus 365 días y sus … much@s horas minutos y segundos…) nuestro planeta, la nave espacial de nuestra existencia, vuelve a comenzar su viaje. Este reinicio es la expresión astronómica de la redención.

De día a día se repiten las “mismas” (de mismo nombre) 24 horas con sus minutos y segundos. De semana a semana, los “mismos” siete días. De año a año los “mismos” 12 meses con sus respectivas semanas… Pero no hay año que se repita. Cada año tiene su propio nombre (número). Es único.

De acuerdo, también celebramos los cambios de década. Pero son packs de 10 años como podrían ser de 12… Bueno no, porque el cambio gordo es el siglo que son 100 años, y no encajaría. El problema del siglo (y del milenio ya puestos) es que como redentores son un poco cabrones, porque solo pasan una vez en la vida (los de los 90 tal vez tengamos el honor de vivir en tres siglos distintos) y es cómo jugársela a una sola carta.

Por todo esto el cambio de año es un momento especial. Hay suficientes en nuestras vidas como para darnos varias oportunidades (que las necesitamos, creedme) pero no demasiados como para que dejemos de valorarlos (doy gracias por que nunca se haya cumplido mi deseo de una fuente infinita de natillas, porque una existencia aborreciendo las natillas es para mí la expresión misma de la vida trágica, como la describió Unamuno)

Doy gracias por esta nueva oportunidad de coger perspectiva, de aprender, de elegir.

Pero… ¡esperad un momento! Tal vez el tic-tac del reloj no sea el acusador que nos pensábamos. Tal vez es un goteo susurrante de oportunidades que nos grita levemente “Vive, vive, vive…”

 

Imagen extraída de: http://www.bbc.com/mundo/noticias/2015/10/151001_iwonder_ciencia_amanecer_finde_lb

 

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